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Un comentario sobre “Alunecer 1

  1. Las mujeres ¿tienen derecho a tener dos hombres?

    Genoveva Caballero

    Nadie, nunca, en toda la historia del feminismo se ha preguntado si es ética, política, moral, legal y hasta biológicamente correcto que las mujeres en la sociedad, de cualquier civilización, tengan dos hombres. Cuando sucedió, fueron casos de excepción, reservados para emperatrices, locas amantes fuera de tono y excedidas, más como una suerte de actos reprobable y/o excéntrico.

    Parece –no es muy seguro— que la naturaleza dotó al macho humano para sembrar su simiente tantas veces le sea posible, en tantas hembras sea necesario, a fin de preservar la especie. Sin embargo, al asentarse el hombre en la tierra y dar paso al sedentarismo (origen de la cultura) fue necesario una creación nueva, meramente cultural, que garantizara la propiedad de todo lo que se poseía y de todo lo que se heredaría. Dice Engels que así surgieron la familia, la propiedad privada y el Estado.

    Y una variación importante es que dentro de esas propiedades privadas, cuando la división del trabajo, por mero pragmatismo, legó el papel de proveedor al macho humano, la mujer se convirtió no en copartícipe, sino en subordinada… y se conformó como parte de esa propiedad privada.

    Así devinieron los siglos y, al cabo, guerras y otras estupideces masculinas, devolvieron a la mujer al campo de trabajo productivo (es decir, productivo para sí mismas y generador de remuneración económica) y comenzó la revolución que sigue viva, la única que es dinámica y en acción: el feminismo.

    Y en este feminismo, con variaciones, derivaciones, desviaciones, reyertas, contiendas y afirmaciones, surge la mujer del siglo XXI, una mujer que no quiere ser igual que el hombre; que no quiere ser subordinada, ni tampoco pelear, sino compartir, dividir el trabajo equitativamente y desecha todo tipo de discriminación. Requiere de una verdadera cultura del trabajo productivo, el que edifica y enriquece. Esa evolución de su propio pensamiento ha sido una transformación lenta, dolorosa, pero inevitable. Hoy el concepto de que las mujeres no le pertenecen a los varones de su familia, ni que su desarrollo moral sea legado familiar, ni social, que sus hijos no son “vivos”, “naturales” o “ficticios” en función de la legitimidad que pueda otorgarles el pertenecer a un hombre. Eso se ganó, cuando se hizo responsable del pan que ingiere. Muy bíblica la cosa.

    Entonces, en las cuestiones morales, en las que avalan su desarrollo sexual, una mujer habilitada para sustentar un trabajo de validez social, que paga impuestos, que funciona (dirían los funcionalistas) ¿tiene o no derecho a optar por tener dos compañeros con quienes compartir su vida sexual?. ¿y si el anterior no le satisface en ningún o en pocos aspectos de la vida compartida? La discusión está en la mesa. Unas dirían que sí, ¿por qué no?; a fin de cuentas el apareamiento ya no trae consigo una reproducción impuesta, sino decidida por libre albedrío. ¿Qué impide que una mujer tenga dos hombres? ¿No es acaso cierto que los hombres han podido tener, abierta o encubiertamente, este tipo de prácticas?

    Tal vez no sea un objetivo del todo deseable, sobre todo para una mujer inteligente, intelectualmente ocupada y con una agenda llena de cosas importantes e interesantes qué hacer, pero esa decisión es su problema, no el de la sociedad, no el de su padre, sus hermanos o su marido (si lo tiene). No se trata de que los tenga simultáneamente, sino de que esté en plena libertad de cambiar al hombre previo si alguna condición de vida ataca su bienestar y esta condición es imputable al “previo”.

    Bueno, a fin de cuentas, somos resultado de una cultura, tenemos objetivos sociales que apuntan que si se desmantela la familia como tradicionalmente la conocemos, la sociedad se nos cae en pedazos sobre la cabeza y otros etcéteras, no menos terribles.

    Ah, bueno: entonces estamos entrando en la conciencia de que las mujeres sí son la base de la familia; sí son el sustento de la sociedad, sí depende de su conducta y decisiones que la sociedad permanezca. Entonces ¿por qué se le escatima la toma de decisiones?, ¿por qué se les ofende, se les maltrata, se les humilla y se les golpea cuándo dependen económicamente de un hombre?, ¿por qué, a la mujere, se le confina?, ¿por qué no existen políticas de estado que protejan de hecho y contundentemente la maternidad, el embarazo, la situación de vulnerabilidad?

    Cuando una mujer logra saltar estos obstáculos y accede al mundo laboral, so riesgo de ser también explotada, también adquiere la capacidad de decidir por sí misma otras cuestiones, que -¡Dios nos valga!- pueden alterar el curso de la historia. Tal vez el derecho de una mujer a tener dos hombres, haría que esta competencia por la “propiedad privada” elevara el costo en el mercado de los valores –por no decir costos– de la mujer dentro de la sociedad, ya que ésta se niega a reconocerlos y reivindicarlos.

    No está de más echarle un vistazo al libro del alemán Peter Norden, “El derecho de la mujer a tener dos hombres”, editado en México por Grijalbo, en plena efervescencia feminista, a principios de los setenta, para ir clarificando las cosas. El derecho ahí está: y muchas lo tomarán y hasta se legislará al respecto.

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