Cuando yo era niña, mi padrastro fungía como “guarura” de Cuauhtémoc Santana, un político que por entonces andaba en campaña para algo, corría el año de 1970. A mi casa llegaban cuadernos, lápices, colchonetas, entre otros triques -trrrr-  que provenían de su campaña. Las compañeras y maestras de mi escuela, ubicada por el rumbo de lo que hoy es la delegación Iztacalco, le tenían pavor, yo también.

Entonces me convertí en popular, pese a mi consabido mal genio y corta mecha, porque repartía cuadernos y lápices con el logo de “Vota así PRI”, así compre mi primera aceptación social y mi primer “don de mando” entre mis pares. De modo que no me digan que ya pasó ese hábito ofensivo de aventar “el maíz a los puercos” cuando se trata de medrar con el hambre y la ignorancia (y el temor) de los más desleidos y muertos de hambre de este país. Lo digo, porque eso éramos, y porque como nosotros, todavía hay muchos que sí aceptarían cualquier cosa, cualquier bagatela, para mostrar agradecimiento –ni siquiera hay que coaccionarlos– con quien les “soba el lomo”, no sólo darían el voto, sino hasta partes de su cuerpo,  porque hace mucho, mucho tiempo que perdieron la dignidad entre el desorden, el abandono, el hambre y la indecencia. Así que con o sin pruebas nadie me borra de la mente que los priístas tienen la mayor experiencia en hacer trampa y buscar el resquicio para salirse con la suya. Son mentirosos, indecentes, egoístas, usureros, acaparadores, insaciables, condescendientes, irrespetuosos y voraces. ¿ O qué? ¿Ya cambiaron?

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