Hoy fui a la Fundación Miguel Alemán a recoger mis retenciones de impuestos por dos artículos que escribí el año pasado en la revista de Interjet. Está ubicada en el número 187 de  la calle de Rubén Dario, en la preciosa colonia Chapultepec Morales, a un costado del amadísimo Bosque de Chapultepec, en la ciudad de México.

Decidí irme en transporte público, es decir en metro y microbús, porque soy muy mala para manejar, me saca de  mis casillas el tránsito citadino y además no me alcanza el dinero para gastar la gasolina en altos intermitentes y en congestionamientos estúpidos.

Fui feliz. Caminé a través del bosque y compré papas fritas en un puesto frente al museo de Antropología, las papitas tenían el reconocido sabor a tierra y a lejana infancia. Oí el crujir de las hojas secas cuando atravesaba el privilegiado espacio arbolado que ya casi no frecuento. Me dio nostalgia y ternura ver el rostro del vendedor, curtido por el sol y como su gélida defensa del orgullo del pobre se convertía en amable trato mientras yo lo miraba directamente a los ojos incluyéndolo en mi día, en mi andar y en mi felicidad.

Cuando al fin caminé desde los multifamiliares de lujo rojos y redondos de Residencial Bosque (sí, ahí, junto a las oficinas de la Coca-Cola) y me dirigí hacia el poniente para dar con el número 187.

Toqué  el timbre y dos encurtidos vigilantes me abrieron la puerta mientras veían unas listas, recibían correspondencia y su mirada era de lo más impersonal, pero vigilante, con una desconfianza añeja que provenía de culpas que no son de ellos, como una paranoia fantasmal de quienes los emplean. Eso pensé, eso sentí. El metro cuadrado que separa la recepción de vigilancia con el hermoso patio de la Fundación fue el único espacio que mi cuerpo ocupó mientras uno de los guardas daba aviso a quien correspondía para que me dieran mi constancia de retenciones impositivas. En el patio, cinco trajeados se asoleaban, eran choferes. Y mis ojos miraron hacia donde la gente común no puede traspasar, no puede entrar y no tiene ese derecho por razones que desconocen y avergüenzan.

Recibí mis documentos y comprendí que los vigilantes y los choferes eran de la misma clase social que yo, esa a la que muchos accesos están vedados, muchas comodidades y mucho trato respetuoso le es denegado, no importa el esfuerzo, no importa el trabajo realizado, ni el grado de decencia que se tenga por compromiso. Así que con la comprensión de que no somos iguales, salí hacia la calle, atravesé la avenida y me dispuse a oír tronar las hojas secas bajo mis pasos, sin tener que mirar sobre mi hombro, y oí las risotadas de niños pequeños cuyas maestras se esforzaban en mantener juntos para ingresar al museo, donde recibirían los primeros entrenamientos de quiénes somos y de dónde provenimos.

Le tomé fotografías a dos ardillas traviesas que no huyeron de mi presencia, pero que en cuanto oyeron a los pequeños salieron corriendo despavoridas. Qué listas.

Hacia el sol y la calle, el metro cuadrado de la cárcel momentánea dejó de tener importancia. Soy libre.

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