Violencia contra las mujeres en México.

  • Ejercicio sistemático en el ámbito privado: la dominación es violencia
  • Nuevos métodos de dominación a través de: “el cuidado y la galantería”
  • Las mujeres cooperamos con ella de manera inconscientemente voluntaria

Por Genoveva Caballero

Definición del problema

Según la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer (Belém do Pará, Brasil, OEA, 1994; Beijing, China, ONU, 1995), debe entenderse por violencia contra la mujer “cualquier acción o conducta, basada en su género, que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer, tanto en el ámbito público como en el privado y se entenderá que la violencia contra la mujer incluye la violencia física, sexual y psicológica: que tenga lugar dentro de la familia o unidad doméstica o en cualquier otra relación interpersonal, ya sea que el agresor comparta o haya compartido el mismo domicilio que la mujer, y que comprende, entre otros, violación, maltrato y abuso sexual; que tenga lugar en la comunidad y sea perpetrada por cualquier persona y que comprende, entre otros, violación, abuso sexual, tortura, trata de personas, prostitución forzada, secuestro y acoso sexual en el lugar de trabajo, así como en instituciones educativas, establecimientos de salud o cualquier otro lugar, y que sea perpetrada o tolerada por el Estado o sus agentes, dondequiera que ocurra”.

No hay un documento escrito, o un códice que explique la violencia hacia la mujer, ni mucho menos de cuándo apareció contra ellas por primera vez “por el solo hecho de ser mujer”, pues el tema no tiene mucho tiempo en la preocupación de las Instituciones, como refiere el doctor Roberto Castro Pérez, sociólogo Investigador Titular del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM (y uno de los artífices de la primera Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares del 2003 y a quién el Instituto Nacional de la Mujer, le encomendó el marco conceptual de la encuesta y posteriormente la interpretación de los resultados que servirán de base para las subsecuentes encuestas), sin embargo, a juicio del experto, se puede inferir bajo qué condiciones se les ha ejercido daño históricamente y cómo la sociedad en su conjunto ha revalidado como “normal” dicha práctica en diversas modalidades y bajo diferentes aspectos, al analizar, por ejemplo, los códigos penales a lo largo de la historia, es factible determinar que las leyes no han visto las agresiones contra la integridad femenina de la misma manera como la han contemplado para los hombres, quienes además, han tenido todo el derecho sobre cuerpos, bienes, pensamientos y hasta sentimientos de las mujeres a su alrededor.

Ante la demanda de erradicar el ejercicio sistemático de la violencia contra las mujeres y debido a la urgencia de desarrollar leyes que la prevengan, sancionen y erradiquen, los grupos organizados de feministas, desde los años setenta (1ª. Conferencia Internacional de la Mujer, 1976, realizada en México y cuyos trabajos fueron retomados posteriormente por el Ejecutivo a través de Instituto Nacional de las Mujeres), han urgido a los diputados a legislar contra esa problemática.

En el lapso de los últimos 20 años los legisladores respondían que cómo podrían saber si se trataba de un fenómeno social y no de casos fortuitos o aislados; cómo determinarían qué ocurría verdaderamente en un ámbito nacional y en qué se iban, pues, a basar, para legislar al respecto, ya que no había registros, datos, ni estadísticas acerca de, por ejemplo, cuántas averiguaciones previas había en el país de delitos contra la mujer; cuántas de ellas morían por causas violentas y las causas de los suicidios o intentos de suicidio de mujeres. Fue hasta la LIX legislatura que surgió la Ley de Acceso a las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, en 2006 (publicada en el Diario Oficial de la Federación el 1º. de Febrero del 2007, suscrita el 19 de diciembre del 2006), luego de un año de discusión y en respuesta a las pruebas documentadas de que la violencia contra las mujeres había aumentado en forma alarmante en toda la República Mexicana, con datos fundamentados en la Encuesta Nacional del 2003 y en otros esfuerzos previos como la Encuesta sobre la Organización Doméstica, elaborada por el CIESAS, en 1994, y la realizada por el Colegio de México en 1998, así como la Encuesta Metropolitana sobre Violencia Intrafamiliar realizada por el INEGI en 1999.

“Pero a lo largo de la historia de nuestro país, la violencia de género o violencia en contra de ellas sólo puede inferirse, pues e está documentada indirectamente, por decir, el simple estudio de los códigos penales habla de un trato desigual ante la ley de hombres y mujeres; por ejemplo: los casos de ataques sexuales contra mujeres estaban menos penalizados si la mujer tenía “mala fama” pública , como si eso la hiciera menos persona; o en caso de violación, la pena se reducía a que el agresor se casara con la víctima. Hay un estudio por ahí donde se revela que las sentencias contra mujeres homicidas son mucho más severas que las impuestas a lo hombres por el mismo delito; como que a los jueces les resulta más intolerable que la mujer mató a alguien; es decir hay una serie de evidencias de diverso tipo de cómo el sistema está trabajando para reproducir y perpetuar el sometimiento de las mujeres.

De lo privado a lo público

“Lo realmente alarmante es que cada descalificación, cada acto de reprobación injustificada, cada golpe, cada maltrato, cada acto de discriminación que le sucede a una mujer, le sucede como un acto aislado dentro de su propio hogar, desde que es niña y por un acondicionamiento secular la sociedad nunca se había interrogado el porqué y el cómo de esa desigualdad relacional, así que esos actos de agresión ni siquiera eran considerados ni por la sociedad ni el Estado como violencia. Y en esa realidad, el sufrimiento femenino se considera y se revalida como algo inherente a “lo femenino”, como si ser mujer fuera un acto de vergüenza que tuviera que ser castigado”, explica el investigador.

Lo privado ha sido el espacio en que se ha sometido a las mujeres a todo tipo de tortura, porque la mujer se ha considerado propiedad de la familia, y en particular del varón de la  familia: a él debe rendírsele cuenta de la sexualidad femenina, él es el garante de su moral y quien dictamina lo bueno y lo malo para las mujeres, sean o no de su familia. “Siempre se dijo que el hogar era el lugar más seguro para las mujeres y las encuestas arrojaron que no, en realidad es el lugar donde sufren todo tipo de abyecciones”, comenta el doctor Castro Pérez.

En esa dinámica, la relación es jerárquica y las leyes, las instituciones y el Estado, habían dejado de lado contemplar lo que la Ley llama “visión de género” (visión científica, analítica y política sobre las mujeres y los hombres. Se propone eliminar las causas de la opresión de género como la desigualdad, la injusticia y la jerarquización de las personas basada en el género. Promueve la igualdad entre los géneros a través de la equidad, el adelanto y el bienestar de las mujeres; contribuye a construir una sociedad en donde las mujeres y los hombres tengan el mismo valor, la igualdad de derechos y oportunidades para acceder a los recursos económicos y a la representación política y social en los ámbitos de toma de decisiones), es decir, la que puede revalidar para sí la mujer como ciudadana y ser ella quien determine qué derechos le son, esos sí, inherentes, en tanto ciudadana.

Negarle su lugar como persona y ciudadana en la sociedad ha sido la primera violencia que se ha ejercido en contra de ella; ha sido el dictamen lapidario de que es un ser jerárquicamente inferior al hombre y todo trato relacional en los ámbitos público y privado ha sido bajo esta perspectiva, en detrimento de sus derechos como ser humano: el hombre ha sido la autoridad dentro del hogar y lo que él hiciere con ella competía sólo al nivel de lo privado, porque en los asuntos de familia “nadie se mete”, así que bajo esas condiciones la mujer podía ser objeto de cualquier trato ignominioso y no existía autoridad cívica que sancionare ese trato, precisamente por “privado”, pues casi nunca salía de ese espacio, pues, como dice el doctor Castro, “desafortunadamente todavía las autoridades no se sensibilizan ante las denuncias de maltrato, agresión o violencia contra las mujeres, máxime si ésta es de índole emocional o psicológica. Aún en mayor grado de inaccesibilidad para las mujeres están sus derechos a dictaminar sobre leyes u ordenamientos. La mujer no puede decidir sobre su propia vida, ni sobre las grandes decisiones del mundo: son tabú para ella”.

La primera justificación que han arrojado los estudios para la dominación de la mujer es la función reproductiva, es decir, siguiendo ese orden de pensamiento, la inferioridad de la mujer acontece “porque es débil cuando tiene los hijos”, este juicio fue un primer acercamiento al fenómeno de la violencia contra las mujeres y su sometimiento, creídos hasta por las estudiosas como Simone de Beauvoir, (filósofa y escritora existencialista y feminista del siglo XX) al enfrentarse ya a la dominación-sometimiento de la mujer visto como un “algo” o fenómeno social.

Así que el control “externo” ─del hombre─ o “ajeno” que la mujer padece con respecto a su propio cuerpo ha sido la forma de violencia más generalizada y más antigua que se ha ejercido históricamente en su contra, según el experto: “Mi primera investigación fue en el ámbito de la salud, para hacer una encuesta y valorarla respecto al embarazo y parto de las mujeres en una región de Morelos, ahí me di cuenta que las mujeres, al interrogárseles por su experiencia durante el embarazo, siempre hablaban de violencia en sus hogares en cuanto podían, pero no con familiares o parientes, ni tampoco lo hacían mucho porque les daba vergüenza, porque ponía de manifiesto su humillación”. El sociólogo también aclara que dadas las variables metodológicas para cuantificar la violencia hacia las mujeres es también necesario diferenciar entre agresión y violencia; y considerar los rangos de gravedad entre ellas, como hechos esporádicos o crónicos, pero que sea cual sea el rango el que se desarrolle, y la intención de los individuos involucrados en el fenómeno, es necesario manifestar que la violencia contra ellas va encaminada a perpetuar la subordinación femenina.

Génesis de la dominación de la mujer

El origen histórico de la posición subalterna de la mujer y por lo tanto que la hace susceptible de violencia, según la visión de Federico Engels (desde 1884), está en el paso de las sociedades primitivas nómadas, tribales, comunitarias a la sedentarización. Con el descubrimiento de la agricultura el hombre comenzó permanecer en un solo sitio, poseyó una tierra qué cultivar, unos animales que criar y ya no le convino que la descendencia fuera de la tribu o la horda, debía asegurarse que sus hijos fueran de él para poder heredarles lo acumulado en la vida. Así, la mujer se convirtió en receptáculo y salvaguarda de la progenie y de la familia, con la subsiguiente pérdida de su autodeterminación.

Según la etnóloga y diputada Marcela Lagarde y de los Ríos, maestra y doctora en Antropología por la UNAM, autora de “Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas” (1990), la discriminación se ha venido dando en el encierro femenino y ahí se han gestado dolor, miedo, impotencia, servidumbre bajo el mundo patriarcal donde la mujer ha sido cautivada y cautiva, en la que su inferiorización la excluye selectivamente de actividades y “poderes” mientras la incluye en actividades compulsivamente irrenunciables (labores domésticas, servidumbre, cuidado de “otros”)  que han adjudicado al “ser mujer” categorías tales como: incapacidad, incompletitud, impureza, minoridad, equívocos en la identidad de su naturaleza como menor y fallida, a través de múltiples caminos que le han dado la tipificación de objeto (cosa) mientras que otros han sido sujetos (entidad independiente de lo que se le predique al respecto) y dictaminadores del valor de su existencia. “Pero de manera recurrente se han centrado en la expropiación de su sexualidad, de su cuerpo, de sus bienes materiales y simbólicos”, apunta la autora, “y, sobre todo, de su capacidad para intervenir creativamente en la construcción y ordenamiento del mundo”.

Al convertirse incuestionablemente en la reproductora, su trabajo ha consistido en satisfacer las necesidades básicas de los otros, mismos que, de suspenderse, se les atraería la muerte y simbólicamente la de la sociedad; al crear la familia se ha depositado en la mujer esta tarea y además sin ninguna recompensa, más allá de cosas intangibles como el amor y el agradecimiento que rara vez se convierten en cuidado de las propias necesidades de su ser mujer, siguiendo la tesis de la autora.

Según Engels en el surgimiento de la familia como la conocemos reside la servidumbre femenina: “Tenemos aquí una serie de formas de familia que están en contradicción directa con las admitidas hasta ahora como únicas valederas. La concepción tradicional no conoce más que la monogamia, al lado de la poligamia del hombre, y, quizá, la poliandría de la mujer, pasando en silencio -como corresponde al filisteo moralizante- que en la práctica se salta tácitamente y sin escrúpulos por encima de las barreras impuestas por la sociedad oficial. En cambio, el estudio de la historia primitiva nos revela un estado de cosas en que los hombres practican la poligamia y sus mujeres la poliandria y en que, por consiguiente, los hijos de unos y otros se consideran comunes. A su vez, ese mismo estado de cosas pasa por toda una serie de cambios hasta que se resuelve en la monogamia. Estas modificaciones son de tal especie, que el círculo comprendido en la unión conyugal común, y que era muy amplio en su origen, se estrecha poco a poco hasta que, por último, ya no comprende sino la pareja aislada que predomina hoy”, dice el filósofo alemán, en su libro “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”.

Al permanecer en el ámbito íntimo de la familia, sus derechos se fueron circunscribiendo a los determinados por la estructura patriarcal de la sociedad y fueron arraigándose todos los tipos de sometimiento en las entrañas de la relación entre los sexos. “Así, la violencia simbólica contra las mujeres es ya aquel nivel de violencia en el que ya existe su cooperación inconsciente, pues a lo largo de la historia ya ellas mismas empezaron a manifestar que “el importante”, era el hombre y, ante la violencia física, emocional o sexual surge en ellas la pregunta: ¿qué habré hecho mal? pues las estructuras simbólicas están profundamente arraigadas a través de siglos de acondicionamiento: coopera voluntaria ─aunque inconscientemente─ con su propia dominación”, como revela el doctor Castro Pérez.

Así que el tema de la violencia contra las mujeres es muy reciente en la historia de la humanidad y, por supuesto, es un tema no acabado, en tanto que estas estructuras simbólicas competen a ambos sexos, puesto que ambos, “hombres y mujeres concretos son a la vez portadores y productores de la sociedad”.

México Prehispánico y su violencia vs. las mujeres

Para identificar, pues, la violencia contra las mujeres en el México prehispánico, no hay otra fuente primaria más que los escritos de Fray Bernardino de Sahagún, en su “Historia General de las cosas de la Nueva España”, conservado en náhuatl, español y latín en el Códice Florentino, útil para obtener algún conocimiento de lo que ocurría con las niñas y las mujeres entonces. Sahagún escribe sobre el nacimiento de una niña, el ritual con el que es recibida: “Hija mía, y señora mía, ya habéis venido a este mundo. Haos acá enviado nuestro señor, el cual está en todo lugar. Habéis venido al lugar de cansancios y al lugar de trabajos y al lugar de congoxas, donde hace frío y viento. Notad, hija mía, que el medio de vuestro cuerpo corto y tomo tu ombligo, porque así lo mandó y ordenó tu madre y tu padre Yoaltecuhtli, que es el señor de la noche, y Yoaltícitl, que es diosa de los baños. Habéis estar dentro de casa, como el corazón dentro del cuerpo.”

La diferencia ya se hacía notar desde el nacimiento, pues sí nacía un niño, se recibía con gran algarabía, en tanto que sí era una niña, la comadrona, al recibirla, cortaba su cordón umbilical debajo de la hoguera mientras decía: “No habéis de andar fuera de casa. No habéis de tener costumbre de ir a ninguna parte. Habéis de ser la ceniza con que se cubre el fuego en el hogar. Habéis de ser las trébedes donde se pone la olla. En este lugar os entierra nuestro señor. Aquí habéis de trabajar. Vuestro oficio ha de ser traer agua y moler maíz en el metate. Allí habéis de sudar, cabe la ceniza y cabe el hogar.

Las mujeres aztecas fueron sustraídas de todas aquellas actividades que implicaban riqueza, poder o prestigio, entre las que podemos mencionar el comercio, la guerra, la cacería ritual y el sacerdocio y su función principal era la reproducción y el cuidado de los padres, primero; hermanos, después y, finalmente, marido e hijos, siendo éstos su finalidad en la vida pues al perder su vida fértil, pasaba a ser “abuela” y cuyo honor recibía al regañar a sus descendientes por la mucha experiencia adquirida.

También su sexualidad estaba controlada, y a las niñas se les enseñaban valores como  recato y decoro como narra Sahagún, que un padre decía a su hija: “cuando hablares, no te apresurarás en el hablar; no con desasosiego, sino poco a poco y sosegadamente. Cuando hablares, no alzarás la voz ni hablarás muy bajo, sino con mediano sonido. No adelgazarás mucho tu voz cuando hablares o cuando saludares, ni hablarás por las narices, sino que tu palabra sea honesta y de buen sonido, y la voz mediana. No seas curiosa en tus palabras”. La obediencia, la virginidad y la honradez les eran exigidos so pena de muerte: “La moza o hija que se cría en casa de su padre estas propiedades tiene: es virgen de verdad, nunca conocida varón; es obediente, recatada, entendida, hábil, gentil mujer honrada, acatada, biencriada, doctrinada, enseñada de persona avisada, avisada, guardada (…) Mira que te guardes mucho que nadie llegue a ti, que nadie tome tu cuerpo. Si perdieres tu virginidad y después desto te demandare por mujer alguno y te casaras con él, nunca se habrá bien contigo ni te tendrá verdadero amor. Siempre se acordará de que no te halló virgen, y esto te será causa de gran aflicción y trabajo. Nunca estarás en paz; siempre estará tu marido sospechoso de ti. Oh, hija mía muy amada, mi palomita! Si vivieres sobre la tierra, mira que ninguna manera te conozca más que un varón.”…

Referente a los escarmientos a las niñas, abundan los relatos en que los castigos eran implacables si la chica se reía de más, o su indumentaria no era considerada honesta o hablaba con un hombre, aunque fuera para contestar el saludo, cosa improbable en el México antiguo: el  más conocido de los castigos hacer aspirar el humo de chiles tostándose, hay relatos que narran que también se les untaba con chile cuando un especial eran deshonestas y coquetas. También recibían pellizcos en las orejas y los brazos y, según el Códice Mendocino, eran castigadas con púas de maguey clavadas en el cuerpo. Todos estos castigos eran por no cumplir su trabajo, por ser traviesas, flojas o si se ausentaban de su labor o si salían a la calle.

La Conquista y la época Colonial

La violencia sexual es más patente durante la Conquista, pues trajo para las mujeres una agresión brutal porque ellas formaban parte del botín de guerra. El mestizaje de los primeros tiempos fue mayoritariamente producto de una violencia sexual extrema. El siglo XVI las mujeres fueron objeto de violaciones, concubinatos, barraganías y, en ciertos casos de mujeres de la nobleza indígena, en matrimonios desventajosos para ellas.

En la naciente Nueva España, suma de ambas culturas de tradicional sometimiento de la mujer, ésta debía a su cónyuge obediencia total a cambió de la manutención y la supuesta “protección” en la familia. Aunque la Iglesia Católica obligaba a ambos cónyuges a la fidelidad y a la responsabilidad de la crianza de los hijos, en los hechos no sucedía así. Las mujeres se consideraban físicamente inferiores, asimismo para muchos derechos y responsabilidades. Mentalmente también eran consideradas de menor calidad que el hombre y la supuesta “protección” se tradujo en que, para efectos legales, se perpetuó su eterna minoría de edad: los esposos poseían el control absoluto de las transacciones económicas de sus esposas, de sus hijas solteras y de sus madres viudas. En general las mujeres no podían dedicarse a actividades públicas sin la anuencia y presencia masculina. Los padres eran los tutores de los hijos y las madres sólo lo eran en caso de muerte del padre, siempre y cuando éste no hubiera nombrado de antemano a otra persona para ejercerla, según el estudio de Silvia Arrom, “Las mujeres de la Ciudad de México, 1790-1857”, publicado por la UNAM, en 1985.

También entonces los discursos iban orientados a “exaltar” el papel de la mujer en el hogar, a su mesura sexual, al recato para conseguir marido ─principal finalidad─ y para ser aceptada en la sociedad, como puede leerse en las páginas de los diarios como el “Diario de México”, del martes 12 de febrero de 1808, en la columna “Nuestras Abuelas”.

La decencia de la mujer estaba centrada en su conducta sexual y era censurable que las mujeres salieran a la calle por la noche, o que durante el día las mujeres estuvieran paradas o sentadas frente a la puerta de su casa, ya no se diga de frecuentar pulquerías, pues ya era motivo de escándalo y si alguna de ellas observaba una de estas conductas, ya no tenía defensa posible en caso de violación: “ellas  se lo buscaron”, era la murmuración, pues se pensaban que “era lo que ellas querían”, baste revisar algunos casos de violación en el Archivo Judicial del Tribunal Superior de Justicia de la Nación del siglo XIX, muchas de las agresiones eran justificables debido a la “mala conducta” o “mala reputación” de las víctimas.

Conservar la virginidad era una clase de “sello de garantía” que, además, tenía un precio: el matrimonio o compensación monetaria; una mujer soltera que no fuera virgen ─o estuviera “corrupta”, como era costumbre decir entonces─ no podía acusar de violación a nadie. Por supuesto que una mujer que tuviera iniciativa sexual era foco de escándalo y murmuraciones y constituía un argumento masculino para cualquier clase de abuso y agresión, como puede revisarse en el mismo Archivo del Tribunal Superior de Justicia, en el Ramo de Penales, correspondiente a los siglos XVIII y XIX..

Desde entonces el hogar se convirtió en el sitio más inseguro para las mujeres, pues la violencia contra ellas niñas (y niños) era común que fueran golpeados por padres y esposos. También existen una gran cantidad de documentos de la época acerca de incestos y uxoricidios impunes. Había  mujeres que se fugaban de sus casas debido al maltrato, pero eran perseguidas por las autoridades y forzadas a regresar al “matrimonio cristiano”. Esto puede deducirse basándose en el estudio de más de 100 expedientes del Ramo Penales No. 7 y 8 del Archivo Judicial del Tribunal Superior de Justicia y en el texto de Richard Boyer. “Las mujeres, la mala vida y la política del matrimonio” (en Asunción Lavrin coordinadora, Sexualidad y matrimonio en la América Hispánica, siglos XVI-XVIII). lograban escapar, pero para relacionarse con otros hombres a través del concubinato, o con relaciones casuales, con la consabida reprobación social al ser llamadas “adúlteras” y castigadas con encarcelamiento, del que sólo podían zafarse si el marido las perdonaba.

La Iglesia, por su parte, reforzaba que el castigo físico “ayudaba” a la purificación, y probablemente ─no está demostrado, pero es una variable de análisis─ se interiorizó como ejercicio para que ellos lo ejercieran sobre ellas, y ellas a tolerarlo. “Infortunadamente ha prevalecido la mentalidad derivada de filosofías, leyes y concepciones religiosas discriminatorias de las mujeres. Desde la capitis diminutio de Aristóteles (la virtud de la mujer era el silencio, el cual va muy parejo con la sumisión, y el hombre determinará su statu quo; al no otorgarle voz a la mujer a esta se le niega su oportunidad de crear su propio discurso y por tanto carece de identidad, y si la mujer no tiene voz no puede considerársele como ciudadano. De igual forma la mujer no era sujeto de Derecho), pasando por la patria potestad  del Derecho Romano y los imperativos de las religiones abráhmicas en las que se consideraba que la mujer debe ser controlada porque es la causa del pecado”, como expuso la historiadora de la UNAM, Patricia Galeana, ante la Comisión de Derechos Humanos del DF, en la entrega del premio “Hermila Galindo” del 2006.

De la Independencia a nuestros días

Aunque sobrevino la Independencia y con ella los discursos planteaban un nuevo orden social, en la práctica existía la ambivalencia que requería una familia “sólida y disciplinada” que se instituyera como base del nuevo orden. Las transformaciones no fueron automáticos y las presiones político-económicas dejaban de lado modificaciones profundas en el sector social, y la forma de ser colonial siguió perneando la mentalidad y el ejercicio del Derecho Español que siguió vigente un largo lapso, así que las mujeres continuaron restringidas en su participación pública en la dinámica social, en sus derechos sobre los hijos y en las transacciones económicas y legales, a pesar de que con la promulgación del Código Civil de 1870, muchos pensabas que las mexicanas ya estaban en una situación legal mejor que la de las europeas o estadunidenses, pues en tal Código los maridos no gozaban de impunidad absoluta para ejercer castigo como sucedía en Francia, Inglaterra y los Estados Unidos, donde, como escribe la investigadora Marcela Suárez(“Discurso, género y violencia intrafamiliar en la historia moderna de México ¿una memoria?“): “en la Francia decimonónica la autoridad de los maridos les permitía  sancionar y dirigir la conducta de las esposas. En Inglaterra los esposos gozaron de impunidad absoluta hasta 1878 y las mujeres inglesas pudieron solicitar la separación por ‘sevicias graves’ sólo hasta 1878 (…) La autoridad de los maridos sobre las esposas se prolongó todo el siglo XIX, pero la del padre sobre los hijos se vio reducida por el interés del liberalismo por la libertad individual. Los Estados pro federalismo redujeron la edad necesaria para la mayoría de edad a los veintiun años en la primera mitad del siglo XIX. Esta medida y la de liberar a las ‘doncellas adultas’ de la patria potestad se incluyeron  en el Código Civil de 1870. Las viudas mejoraron su situación al conferírseles la patria potestad sobre sus hijos menores, pero las mujeres casadas continuaron bajo la autoridad del marido ‘en pro de la cohesión de la sociedad conyugal”.

Lo que es fácil definir es que la violencia en su aspecto de maltrato continuaba, sobre todo en el hogar, por ejemplo, José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1807), en su “La educación de las mujeres” denuncia los sufrimientos de las mujeres de todas las clases sociales, que se perpetraba en golpes, gritos, amenazas y violaciones, maltrato que, según los investigadores se relacionaba con la idea de la autoridad del marido, que se prolongaba hasta el castigo corporal. Juristas de La Reforma, como Ignacio Ramírez “El Nigromante”, censuraron el maltrato a las mujeres, pero la idiosincrasia del momento permanecía muy enraizada en la colectividad. Para 1845 se añadió a los golpeadores de mujeres, conjuntamente con los borrachos o los tahúres, para ser sujetos de juicio (Código de Vagancia, Artículo Tercero), pero el problema siguió residiendo en el nivel del maltrato para ser llevado ante tribunales.

Comoquiera, la abnegación y la sumisión siguieron siendo los espacios obligados para ser consideradas “buenas mujeres”, estimulando la preponderancia de “lo masculino” y sirviendo como justificación para el maltrato, desde el más ligero hasta brutal, sobre las mujeres. En la prensa de la época porfiriana, por citar algún ejemplo, hay vastedad de casos y de secciones que van desde el amarillismo de “El Imparcial”, pasando por notas rojas y caricaturas de José Guadalupe Posada en las que puede verse el papel subyugado de la mujer, el maltrato, agresiones y violencia de los que era objeto.

El papel esperado de ella como esposa, tiene un referente que permaneció a lo largo de todo el siglo XIX, el XX y lo que va del XXI en lo que refiere al matrimonio, según la glosa de la “Epístola de Melchor Ocampo” (1859) que aún se leía hasta abril del 2006 cuando una pareja contraía matrimonio civil, según puede verse en este fragmento: “El hombre cuyas dotes sexuales son principalmente el valor y la fuerza, debe dar y dará a la mujer, protección, alimento y dirección, tratándola siempre como a la parte más delicada, sensible y fina de sí mismo, y con la magnanimidad y benevolencia generosa que el fuerte debe al débil, esencialmente cuando este débil se entrega a él, y cuando por la Sociedad se le ha confiado. La mujer, cuyas principales dotes son la abnegación, la belleza, la compasión, la perspicacia y la ternura debe dar y dará al marido obediencia, agrado, asistencia, consuelo y consejo, tratándolo siempre con la veneración que se debe a la persona que nos apoya y defiende, y con la delicadeza de quien no quiere exasperar la parte brusca, irritable y dura de sí mismo propia de su carácter.”

En el Derecho actual, las diferencias residen en los detalles que distinguen a las persona como individuos, pero la igualdad, al ser normativa, resulta ineficaz para las causas de discriminación de género, porque, como apuntó el doctor Roberto Castro: “falta sensibilizar a maestros, abogados y médicos, respecto al sufrimiento de la mujer en esos tres órdenes: educacional, legal y de salud, pues ellos están en posición de privilegio para comenzar a permear a la sociedad de una conciencia equitativa con respecto a la mujer”.

Como dijo el conferencista experto en temas de género Michael Kaufman cuando la ONU lo invitó al Coloquio del Fondo para la Prevención de la Violencia de Género en 1999, en su ponencia sobre su artículo “Las 7 p’s de la violencia del hombre”: “Indiferentemente de las complejas causas sociales y psicológicas de la violencia de los hombres, ésta no prevalecería si no existiera en las costumbres sociales, los códigos legales; en la aplicación de la ley y ciertas enseñanzas religiosas, un permiso explícito o tácito para ejercerla. En muchos países, las leyes sobre la violencia contra las esposas o la violencia sexual son relajadas o inexistentes; en muchos otros, las leyes apenas son aplicadas; y en otros más hay leyes absurdas, como en los países donde una denuncia de violación sólo puede ser perseguida si existen varios testigos masculinos o donde no se toma en cuenta el testimonio de la mujer.”

Y aunque en México desde 1974, el artículo 4o. constitucional establece el derecho fundamental de igualdad jurídica con el precepto de: “El varón y la mujer son iguales ante la ley”. Esta adición constitucional publicada en el Diario Oficial de la Federación, ocurrió el 31 de diciembre de 1974, que se concibió como una declaración para compensar los desequilibrios sociales, es más de letra que de hecho. Tal iniciativa de reformas a la Constitución marcaba que se trataba de evitar: “modos sutiles de discriminación, congruentes con las condiciones de desigualdad que éstas sufren en la vida familiar colectiva”. El argumento, pues, era el siguiente: en virtud de que existen “modos sutiles” de discriminación entre mujeres y hombres, era necesario asemejar el concepto de hombre y mujer y hoy día ya hay leyes que adicionan, derogan y reforman diversas disposiciones al Código Penal vigente en materia de violencia intrafamiliar, de género y de combate a la violencia que todavía están ajustándose, aunque ya se revisaron y actualizaron los 33s Códigos Penales en materia común y para toda la República en Materia Federal, al Código de procedimientos penales para el Distrito Federal, al Código Civil para el Distrito Federal y para toda la República en materia federal y al Código de procedimientos civiles para el Distrito Federal desde 1996, pero todavía queda mucho por revisar y ajustar, como es la reclasificación de delitos desde la perspectiva de género en los que, a la fecha, y según la ENDIREH, se han tipificado 62 delitos y la lista sigue creciendo.

Soluciones probadas y viables

Si la sociedad requiere de mujeres libres, dueñas de sí mismas, de sus cuerpos y su vida reproductiva y su propio destino, es necesario desarticular esas estructuras internas de las que habla el doctor Castro que permiten la violencia simbólica, esa en la que las mujeres asienten tácita o explícitamente a cualquier tipo de sumisión, discriminación, maltrato, descalificación o agresión de cualquier orden.  En opinión del Dr. Roberto Castro: “Algo se ha avanzado al respecto; en España, por ejemplo, en bachillerato se imparte una asignatura que se llama ‘Educación No-Sexista’, en la que hombres y mujeres aprenden labores domésticas y cuidado de niños, ancianos y enfermos, administración de la economía de los hogares y sensibilización respecto a la función reproductora de la mujer, lo que hará que los jóvenes hagan equipo en el compartimiento equitativo de todas las tareas necesarias en la sociedad. En México puede comenzarse con que las leyes que se han emitido tengan aplicación, pero con una población sensible, lo cual se necesita hacer como política pública capacitando a los profesores de primaria y secundaria para educar de manera equitativa. La encuesta arrojó que los hombres que comparten las tareas domésticas son menos violentos, lo cual es un indicador de por dónde irse, es decir, que haya estímulos desde el Estado para que no se vean como tareas infamantes; también en el ramo de la salud, capacitar a médicos y enfermeras, que son los que tienen el primer acercamiento con la población para que no disminuyan las quejas, los padecimientos o el sufrimiento físico de la mujer, algo que se pudo notar también es que los hombres que se les permite presenciar un parto, por ejemplo, no se sienten excluidos del fenómeno de traer vida al mundo, lo terrible que en cada parto que ocurre en el sector público, en los que no se permite la entrada de varones a las salas de expulsión,  se está perdiendo una oportunidad de cohesionar la relación hombre-mujer y de disminuir la violencia hacia ellas. También sensibilizando a los actores de procuración e impartición de justicia a percibir como ciudadanas completas a las mujeres y que las agresiones sufridas por cada víctima son punibles porque así lo marca la ley, para esto se necesita, por supuesto, también capacitación que apenas tiene sus esbozos con el Inmujeres. Quizá con esa sensibilización en maestros, abogados y médicos, primeras autoridades portadoras de conocimiento en trato directo con la población, las viejas estructuras de dominación, opresión y agravio contra los derechos e integridad de las mujeres vayan disolviéndose: es una tarea titánica, pero vale la pena”, concluyó el doctor Castro Pérez.

RECUADRO 1:

La violencia hacia las mujeres en una sociedad –aparentemente- matriarcal (Juchitán, Oax.)

En la década pasada el municipio de Juchitán de Zaragoza saltó a las páginas de los periódicos nacionales por una característica que contrastaba con el resto de las comunidades de fuerte presencia indígena del país: ahí, mandaban las mujeres… o eso decían, porque es la mujer o la “matrilinealidad” la que lleva el control de la vida económica y porque, a diferencia de otras comunidades o de las sociedades urbanas, casi todas las actividades familiares son públicas: no hay espacios para lo privado, pero, entiéndase, no es un matriarcado en el sentido de subyugación del hombre, ni una sociedad `libre de clases’ o ‘libre de diferencias sociales’, pues pese a la matrilinealidad, que para los estudios de género se puede considerar ‘matriarcado’, también en sociedades como ésa, la sexualidad de la mujer está expropiada y el esposo puede disponer a su antojo del cuerpo ‘de su mujer’. La desfloración de las vírgenes durante la noche de la boda, es un acto público que confiere respetabilidad o la niega: ha de exhibirse el pañuelo blanco con la sangre del himeneo para garantizar que la mujer se asiente como portadora de los valores regionales.

Esa región del Istmo de Tehuantepec, con su emblemática tonada de la “Sandunga”, por otra parte, no es habitada por la consabida mujer indígena de pasos débiles o media voz, como señala la investigadora del CIESAS , la doctora en Historia y Geografía Margarita Dalton Palomo (“Las mujeres indígenas y el poder en el Istmo de Tehuantepec, los procesos de cambio y el empoderamiento de las mujeres”, 2000) “gran parte de la seguridad que posee la mujer istmeña se debe a su forma de vestir y de portar joyas de oro que en ocasiones ellas confeccionan: los trajes de terciopelo bordados con hilos de seda y el oro de sus joyas aumenta el amor propio de las istmeñas que así se han hecho fuertes, poderosas y de gran presencia. Para ellas es una gran satisfacción portar esta indumentaria, sobre todo en las Velas (fiestas tradicionales), donde las mujeres son verdaderas reinas que proyectan a sus hijas la seguridad que poseen”.

Según Dalton Palomo, las mujeres zapotecas no presiden un matriarcado como el patriarcado tradicional, sin embargo, aseguró, “las mujeres juchitecas son protagonistas de la vida familiar y social lo que logran a través del bordado y la confección de vestidos de seda con telas extranjeras como muselina o charmés, que suele ser una tarea colectiva y en ocasiones individual porque muchas mujeres bordan sus vestidos en casa”.

La sociedad istmeña es diferente a las demás sociedades indígenas  y no indígenas de México en cuanto a la posición económica y social de la mujer, sin embargo, los usos de la violencia y de la agresión también hacen mella en aquellos lares, como señalan algunos eventos, que aunque esporádicos, si alcanzan el 1.9% de los sucesos violentos ocurridos en todo el estado, como señala la periodista Martha Izquierdo, en su nota del 25 de noviembre del 2006, al hacer la crónica de una violación en el matrimonio e intento de homicidio: “Me sacó con engaños de la casa donde me encontraba, me dijo que solo íbamos hablar, me subí a la camioneta y de pronto estábamos en un motel, ahí me desvistió, me dejo en ropa interior, me ató de pies y manos y me clavó un cuchillo en la cabeza”. La víctima delato a su agresor y huyó con sus hijos. Al relatarle a la periodista su caso dice que sufrió violencia por parte de su esposo desde el primer año de su matrimonio y los reclamos eran porque no sabía cocinar, o porque la mujer no lo obedecía ni lo acompañaba a beber o aspirar cocaína, o episodios de celotipia en los que la acusaba de tener amantes. Sin embargo la mujer toleró 15 años la situación: “Por un tiempo la violencia fue menor, pero siempre estuvo presente, a veces solo eran insultos, a veces golpes en el cuerpo y últimamente amenazas de muerte que no me dejaban dormir”.

Juchitán de Zaragoza ─mejor conocido como Juchitán “de las mujeres”, cuenta con uno de los 42 refugios de la Red Nacional de Refugios para mujeres maltratadas, y ahí canalizó el ministerio público local a la mujer.

Los usos y costumbres, la moral, religión, desconocimiento de sus derechos, indefensión legal e imprecisión de sus denuncias, injusticia de autoridades, corrupción de las instituciones gubernamentales; perspectiva  patriarcal de la preservación del núcleo familiar, doble victimización, son algunas de las manifestaciones de la violencia hacia las mujeres  de las que no se pueden sustraer ni las empoderadas mujeres de Juchitán.

RECUADRO No. 2

El mito de las amazonas

Un buen ejemplo de sociedad matriarcal es la de las amazonas. Aunque no se han hallado pruebas históricas veraces de su existencia, la cultura griega está llena de descripciones acerca de ellas y aparecen luchando contra hombres. En los frisos del Partenón y en la Acrópolis en Atenas, hay imágenes de amazonas. Según Herodoto, el historiador griego del siglo V a de C. estas mujeres guerreras provenían de Asia. Eran hábiles en la caza, narran las leyendas,  y era muy común que se amputaran el seno derecho para poder tensar y disparar mejor su arco. En su ciudad no eran bien recibidos los hombres, y si alguno se atrevía a cruzar su territorio moría a manos de las mujeres. Solo se unían con los hombres dos o tres veces al año, donde copulaban y engendraban hijas para mantener la sociedad. Si los nacidos eran varones los abandonaban o dejaban en canastas en el agua del río.

Unas tumbas de mujeres al Este del río Don revelan que algunas de ellas fueron enterradas con alhajas y espejos, y también con espadas, espuelas, flechas y hasta con equipo completo de armas de sus tiempos. Aunque tales evidencias no demuestran la veracidad de la leyenda griega de una sociedad de amazonas exclusivamente femenina, si implica la existencia de mujeres guerreras, las cuales tenían éxito en un ámbito reservado únicamente para los hombres. Mencionadas un par de veces en la Ilíada, son fuente prolija de gran número de leyendas griegas.

Una de las amazonas más conocidas era la reina Hipólita, que se dice mantuvo un romance con Hércules,  y murió a manos de Hera, la madrastra del héroe y esposa de Zeus. Teseo también la amó. Aquiles se enamora de Pentesilea, la reina de las amazonas. Uno de los trabajos de Hércules consistió en robar el cinturón de la reina de las amazonas. La victoria masculina sobre una amazona denotaba la superioridad de los hombres. De cualquier manera, la mera existencia de tan poderosa imagen femenina persistió como fuente de fortaleza e inspiración para las mujeres de siglos posteriores.

En México, según las Cartas de Relación de la Conquista de México, de Hernán Cortés, cuando exploraba la costa occidental de Méjico, cerca de 1520, relató al emperador Carlos V que mucha gente le aseguraba que era verdad que existía “una isla poblada por mujeres sin ningún macho. En ciertas épocas los hombres de Tierra Firme van a visitarlas, ella se entregan a ellos y las que dan a luz hijas se quedan con ellas, si nacen machos los rechazan”.

Lo cierto es que las mujeres guerreras son más bien un mito que reside en todas las culturas como las valquirias en las epopeyas germánicas. Lo importante para las mujeres es que las guerreras son un ejemplo enaltecedor para ellas.

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4 comentarios sobre “La historia de la violencia contra las mujeres en México.

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