¿Quién mató a Palomino Molero? Fue el coronel Mindreau, pero nadie lo creyó. En una atmósfera pueblerina, latinoamericana, un lugar agobiante y a la margen del mar, un guardia civil encuentra el cuerpo empalado y con claras muestras de saña. Lituma, nombre del gendarme, avisa a su superior, y ambos se dan a la pesquisa de los culpables. Resulta que Palomino Molero era aviador –avionero, dice Vargas Llosa– y, aunque exento del servicio, voluntariamente se unió a la fuerza aérea. Confinado a una guarnición perdida lo hace para estar cerca de su amada. Además tocaba la guitarra. Lo primero que descubren es que tocaba boleros a su amor incógnito, que era un "cholito" –naco, diríamos aquí, sujeto de discriminación–, y que sus amores eran imposibles. Al tiempo, el arrogante coronel Mindreau confronta a los policías y les deja claro su desdén y con veladas amenazas intenta que el crimen sea investigado por la milicia. Mindreau tiene una hija, Alicia, quien, a la postre, resulta la enamorada de Palomino Molero. Las sospechas del torturoso asesinato recaen sobre el actual pretendiente, un incondicional del coronel Mindreau. Alicia va revelando partes del secreto y también algo más. Finalmente, Mindreau la mata y se suicida. Actos que no vemos sino en las reflexiones del narrador que permanece a la vera de Lituma, percibiendo y exponiendo el ambiente, las actitudes de los personajes y los secretos motivos que el guardia nota en los circunstantes.

El desencanto y la falta de confianza de latinoamerica en sus autoridades hacen que el pequeño pueblo no de por verdadera la truculenta historia del asesinato y en los pobladores aumenta la sospecha de que al final el teniente y Lituma encubren a los peces gordos. El desencanto y abandono se leen en todas las descripciones casi cinematográficas de las peripecias que acompañan al personaje, que, al final, resulta ser Lituma. Con lenguaje coloquial de los talareños –Talara, el pueblo–, Vargas Llosa discurre una historia policíaca enmedio de la nada que a nadie importa sino a los que viven y mueren en la concreción delimitada de sus intrascendentes existencias.

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